28 abril 2017

#BEERNES 30 - A TODO GAS


La forma de llamar no me resultó familiar. No era el timbrazo seco acompañado por dos golpes de nudillo de la vecina. Tampoco eran los tres toques rápidos del presidente de la comunidad de propietarios o el agonioso timbrazo que se alarga en el tiempo bastante más de lo cortesmente recomendable de mi cuñado…

Aun así, abrí. En el descansillo ensayaban su mejor sonrisa impostada dos jóvenes vestidos de traje oscuro y corbata clara, una combinación que daba a entender que su asesor de imagen llevaba varios meses sin cobrar.

Tras verificar mi nombre, me explicaron de manera bastante atropellada que había habido un problema con mi factura del gas en los últimos recibos emitidos y que, por una cuestión técnica que no llegué a entender, me habían estado cobrando veinte euros de más al mes. Antes de que yo pudiera salir de mi asombro, no te digo ya protestar enérgicamente por semejante atropello, me tranquilizaron diciendo que allí estaban ellos para solucionarlo, que tan sólo tenía que firmar el papel que me ponían por delante.


Firmé, me dieron las gracias de tal forma que parecía que les había nombrado herederos universales de unos terrenos urbanizables y desaparecieron escaleras abajo. Cerré la puerta con la sensación de haber hecho algo muy positivo: concretamente, haber cambiado hacía ya seis meses el calentador de gas por uno eléctrico.

21 abril 2017

PLAGIO


Hacía tiempo que teñirse las canas había dejado de ser una de esas anotaciones obligadas en su agenda mensual. Le gustaba su melena blanca y dedicaba el dinero ahorrado en tintes a comprar libros. El último de ellos: una edición de bolsillo de “El Aleph” de Borges.

Con todo el día libre por delante, decidió acercarse al parque del Retiro a disfrutar de su nueva lectura. Eligió una mesa en una terraza junto al estanque, pidió una cerveza y abrió su libro por el primero de los cuentos.

No había llegado siquiera a la página 15 cuando notó a su lado la presencia de un hombre trajeado y con maletín. Se presentó como abogado y, de manera muy educada, le comunicó que tenía órdenes de denunciarla. “Le acuso de plagio”, le dijo. “¿Plagio?”, preguntó ella entre extrañada y temerosa de lo que pudiera hacerle aquel loco…

Efectivamente, según le explicó el abogado, aquella mujer, con su melena blanca y el libro de Borges entre las manos, estaba plagiando a su clienta María Kodama. Y ésta era muy mirada para esas cosas.


“Sólo le queda una opción para no ser denunciada”, añadió el abogado. “Cambie el libro de Borges por una lata de tomate de la marca Campbell’s. De esta manera, en vez de a María Kodama estará usted plagiando a Andy Warhol, pero ese no es cliente mío”…

07 abril 2017

MALDITO ESCALÓN


La semana pasada se falló el premio de microrrelatos que convoca, con carácter bienal, la empresa de ascensores IASA. En esta ocasión, se trataba de escribir un microrrelato con menos de quinientos caracteres y que contuviera la expresión “maldito escalón”.

Dada mi experiencia en ascensores (ver entrada del blog del viernes pasado), no dudé en presentarme. Lo mismo pensaron, según cifras oficiales, más de cinco mil escritores.

Una vez conocido el fallo del jurado, debo adelantar que mi microrrelato no resultó ganador pero sí finalista. De los cinco mil presentados, estuvo entre los veinticinco mejores. Yo ya lo considero un premio.

Mi microrrelato se titulaba KLIMMEN EN DALEN (*) y decía:

El diseño de aquel dibujo hacía días que se le resistía y le impedía conciliar el sueño. Su mujer, sin embargo, no dejaba de animarle: “No vayas a amargarte por ese maldito escalón torcido, hombre. Sigue dibujando por donde lo habías dejado, termínalo de una vez y vuélvete pronto a la cama, querido Escher”.

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(*) “KLIMMEN EN DALEN” significa “Arriba y abajo” y es el título de la famosa litografía de la escalera de Escher.



 

03 abril 2017

Yo lo he visto... (169)


En Portugal, los balnearios masculinos están patrocinados por la cerveza Super Bock. Yo quiero jubilarme en el Algarve…

31 marzo 2017

#BEERNES 29 - ASCENSORES


Hubo un tiempo, no hace tanto, en que el ascensor de mi edificio dejó de funcionar correctamente. Si pulsabas el botón del 2, nada ni nadie te aseguraba que pudieras acabar en el segundo piso. En un momento dado, el ascensor pareció tener decisión propia y repartía a sus pasajeros por los diferentes pisos del bloque en función de vaya usted a saber qué criterio.

Los vecinos, con el tiempo, acabamos acostumbrándonos. Sobre todo cuando, diera igual el piso en que uno saliera del ascensor, podía dirigirse a la misma letra de la puerta de su domicilio, abrir con su llave y entrar. Una vez en el interior, todo el mobiliario era distinto, pero uno se sentía como en casa. Llegabas a cenar, cansado del trabajo, y te recibía la mujer del vecino del quinto, la que fue Reina de las Fiestas de su pueblo, y te daba un masaje en el baño de esos que acaban con la paciencia de los vecinos de abajo. O te encontrabas con una casa tan destartalada que te entraban ganas de empezar a estudiar otra carrera universitaria. Nada que objetar, por tanto, en las reuniones de la comunidad de vecinos de cada trimestre.

Lo malo fue cuando el ascensor volvió a funcionar con normalidad. Al edificio le invadieron las rutinas. Por mucho que llamamos a Urbanismo nadie nos dio explicación ni compensación económica por lo sucedido. Uno pulsaba el botón del ascensor correspondiente al número de su piso y acababa en su piso. Cada mochuelo a su olivo. Cada pan a su pan y cada vino al olvido.

Llevamos dos meses así. La situación es insostenible. Hay vecinos que sólo utilizan la escalera. Mañana hay reunión de la Comunidad. Se ha convocado al responsable de la empresa de mantenimiento del ascensor.